La deficiencia de hierro es uno de los trastornos nutricionales más comunes en el mundo y continúa siendo un desafío tanto para sistemas de salud como para poblaciones diversas. Aunque suele mencionarse en el contexto de la anemia, su impacto va mucho más allá de la disminución de hemoglobina, afectando funciones esenciales del organismo, niveles de energía, desarrollo cognitivo y bienestar general. Su prevalencia es tan amplia que se observa en países con altos ingresos, en regiones en desarrollo y en grupos poblacionales con estilos de vida y necesidades fisiológicas distintas.
Comprender qué tan frecuente es la deficiencia de hierro permite dimensionar su relevancia y la urgencia de estrategias preventivas. En la actualidad, representa un problema significativo en niños, mujeres en edad reproductiva y embarazadas. La deficiencia de hierro no es un simple desequilibrio nutricional, sino un fenómeno global con múltiples factores involucrados.
¿Qué es realmente la deficiencia de hierro?
Para entender su frecuencia, primero es fundamental comprender qué implica tener deficiencia de hierro. Este mineral participa en funciones críticas del cuerpo, sobre todo en la producción de hemoglobina, la molécula responsable de transportar oxígeno a los tejidos. Cuando las reservas disminuyen, el organismo comienza a experimentar limitaciones que pueden progresar desde una deficiencia sin síntomas hasta la anemia manifiesta.
La deficiencia de hierro se desarrolla de manera gradual. En una primera etapa, se agotan los depósitos almacenados en el hígado y otros tejidos. Más adelante, disminuye la disponibilidad para la médula ósea, afectando la producción de glóbulos rojos. Si no se corrige, se produce anemia ferropénica, la forma más avanzada del déficit. Este proceso permite entender por qué algunas personas pueden sentirse fatigadas antes de que la anemia sea evidente en exámenes de laboratorio.
Un problema que cruza fronteras y condiciones socioeconómicas
La frecuencia de la deficiencia de hierro varía según factores demográficos, ambientales, alimentarios y sanitarios. Sin embargo, lo más llamativo es que afecta tanto a países de bajos recursos como a naciones desarrolladas. Las causas pueden ser distintas sin embargo, millones de personas viven con niveles insuficientes de hierro.
En países con menor acceso a alimentos nutritivos, la deficiencia suele asociarse a dietas pobres en hierro biodisponible, infecciones recurrentes y condiciones sanitarias deficientes. En contraste, en países desarrollados, la deficiencia de hierro y la anemia por deficiencia de hierro se observan con menor frecuencia.
Frecuencia global: una mirada a los grupos más afectados
La deficiencia de hierro no afecta a todos por igual. Existen grupos con un riesgo mayor debido a sus necesidades fisiológicas, carencias nutricionales o enfermedades subyacentes que condicionen estados inflamatorios. Entre los más afectados se encuentran:
Mujeres en edad reproductiva
Este es uno de los grupos con mayor prevalencia. Las pérdidas menstruales son un factor clave, pues cuando son abundantes o prolongadas condicionan el incremento de la pérdida de hierro.
Embarazadas
El embarazo exige una cantidad significativamente mayor de hierro para sostener el aumento de volumen sanguíneo y el desarrollo del feto. Sin una ingesta adecuada, la deficiencia de hierro avanza rápidamente. Esta es una de las deficiencias nutricionales más comunes en el embarazo y un problema prioritario de salud pública debido a sus consecuencias en la madre y el bebé, como parto prematuro, insuficiencia ponderal al nacer y mortalidad materna. (OMS)
Niños pequeños
Durante la infancia temprana, el rápido crecimiento incrementa la demanda de hierro. Esto, combinado con dietas carentes o con poco aporte de hierro, así como o la introducción tardía de alimentos ricos en hierro, aumenta el riesgo. A esto se suman situaciones poco frecuentes, como el consumo de leche de vaca en niños que puede interferir con la absorción del hierro.
Adolescentes
El crecimiento acelerado y, en el caso de las adolescentes mujeres, el inicio de la menstruación, hacen que este grupo presente una prevalencia notable. Muchas veces, los patrones alimentarios de esta etapa, incluyendo saltarse comidas, dietas restringidas o consumo elevado de ultraprocesados, contribuyen a agravar el problema.
Personas con enfermedades crónicas
Enfermedades que afectan la absorción intestinal, como la enfermedad inflamatoria intestinal, las secuelas de cirugías bariátricas o la enfermedad celíaca, pueden reducir notablemente la disponibilidad del hierro. Asimismo, trastornos que producen inflamación crónica generan alteraciones en la regulación del hierro que dificultan su utilización.
¿Por qué la deficiencia de hierro sigue siendo tan común?
Uno de los principales motivos por los que esta deficiencia continúa siendo tan frecuente es el bajo consumo de hierro en la alimentación. El hierro presente en alimentos de origen vegetal se absorbe con menor eficiencia que el hierro hemo, presente en alimentos de origen animal. En regiones donde predominan dietas basadas en cereales, tubérculos o legumbres sin técnicas culinarias que mejoren su absorción, el riesgo aumenta de forma considerable.
A esto se suma la presencia de inhibidores naturales de la absorción de hierro, como los fitatos y algunos polifenoles.
Las pérdidas sanguíneas, incluso aquellas que pasan desapercibidas, representan otro factor clave. En el caso de las mujeres, la menstruación es la causa más evidente, pero existen pérdidas gastrointestinales crónicas que pueden deberse a gastritis, úlceras, hemorroides o uso prolongado de antiinflamatorios no esteroidales. En muchos casos, estas pérdidas son mínimas pero sostenidas, llevando a una disminución progresiva del hierro disponible.
El impacto del embarazo y la lactancia en la deficiencia de hierro
El embarazo constituye una de las etapas con mayor riesgo, debido a que las necesidades maternas y fetales se incrementan de manera acelerada. El volumen sanguíneo de la madre aumenta de forma significativa, lo que exige una mayor producción de hemoglobina. Además, el feto depende completamente del hierro materno para formar sus reservas, las cuales utilizará después del nacimiento.
Aunque en muchos países existen programas de suplementación para embarazadas, la adherencia suele ser baja por efectos secundarios como náuseas o estreñimiento, o por falta de seguimiento adecuado. Incluso cuando las mujeres ingresan al embarazo con reservas aceptables, estas pueden agotarse rápidamente si no hay un aporte adicional suficiente.
Durante la lactancia, la madre continúa perdiendo hierro a través de la producción de leche, aunque en menor cantidad que durante el embarazo. Aun así, si las reservas quedaron comprometidas durante la gestación, la deficiencia puede mantenerse o agravarse. Esta situación es frecuente en regiones donde la atención prenatal es limitada.
Deficiencia de hierro en la infancia: un problema que marca el desarrollo
En los primeros años de vida, la carencia de hierro puede tener consecuencias prolongadas, especialmente en el desarrollo cognitivo y psicomotor. Los bebés nacen con reservas que dependen en gran medida del estatus de hierro materno. Si la madre ya estaba deficitaria durante el embarazo, es probable que el bebé también nazca con reservas bajas.
Entre los factores que incrementan el riesgo en la infancia se encuentran la introducción tardía o insuficiente de alimentos ricos en hierro, el consumo elevado de leche de vaca antes del año de edad y la falta de diversidad en la dieta. Además, algunas infecciones intestinales dificultan la absorción y provocan pérdidas adicionales.
La deficiencia en este periodo puede pasar desapercibida, ya que muchos síntomas como irritabilidad, falta de apetito o fatiga se confunden con comportamientos comunes de la infancia. Por ello, las evaluaciones nutricionales periódicas son clave para detectar y corregir el problema oportunamente.
Factores sociales y culturales que influyen en la prevalencia
Aunque el hierro es un nutriente ampliamente disponible en alimentos, las prácticas culturales pueden limitar su consumo. En algunas regiones se priorizan alimentos básicos bajos en hierro o se reducen las porciones de alimentos de origen animal por costumbre, economía o disponibilidad.
La transición hacia dietas modernas también ha influido en el aumento de casos. Los alimentos ultraprocesados, que desplazan el consumo de comidas frescas y nutritivas, suelen aportar energía pero no micronutrientes esenciales. Esto crea un escenario donde una persona puede tener un peso corporal dentro de rangos normales o incluso elevados, pero mantener carencias nutricionales importantes.
Otro factor relevante es la falta de educación nutricional. Muchas personas desconocen las combinaciones alimentarias que favorecen la absorción del hierro, como acompañar alimentos vegetales ricos en este mineral con fuentes de vitamina C. De igual manera, ignoran que ciertos hábitos cotidianos pueden afectar la disponibilidad del mismo.
Enfermedades crónicas y deficiencia de hierro: una relación compleja
Algunas condiciones médicas alteran directamente la absorción, el transporte o la utilización del hierro. Enfermedades inflamatorias, trastornos gastrointestinales, incluso cuando la alimentación es adecuada. En estos casos, la corrección requiere no solo suplementación, sino también abordar la causa subyacente.
La inflamación crónica, por ejemplo, aumenta la hepcidina, la cual regula la absorción del hierro, al aumentar su producción, se bloquea la absorción o no se libera de su depósito de este nutriente. Esto crea una situación en la que el hierro está presente en el organismo, pero no puede utilizarse de manera efectiva.
El papel del sistema inmunitario y las infecciones
En regiones donde infecciones, como parasitosis o helicobacter pylori, son frecuentes, la deficiencia de hierro tiene una relación estrecha con la respuesta inmunitaria. Algunas infecciones gastrointestinales pueden interferir directamente con la absorción, mientras que infecciones crónicas elevan la inflamación y reducen la disponibilidad del hierro almacenado. Esto genera un círculo vicioso: la deficiencia debilita el sistema inmunitario y, a su vez, las infecciones empeoran la deficiencia.
En países con alta prevalencia de parásitos intestinales, el riesgo aumenta todavía más debido a pérdidas sanguíneas ocultas. Este tipo de afecciones, sumadas a la falta de acceso a servicios de salud, contribuyen a que la deficiencia de hierro persista en poblaciones vulnerables, incluso cuando los aportes dietarios podrían ser adecuados.
La transición nutricional y su impacto en la deficiencia de hierro
En las últimas décadas, muchos países han experimentado una transición nutricional: se ha reducido el consumo de alimentos frescos y aumentó el consumo de productos ultraprocesados. Este cambio no solo afecta la calidad nutricional general, sino también la disponibilidad de micronutrientes esenciales como el hierro.
Quienes adoptan dietas basadas en alimentos muy refinados suelen ingerir cantidades insuficientes de hierro, y si además los patrones alimentarios incluyen bebidas o alimentos que interfieren con la absorción, el riesgo se multiplica. En zonas urbanas, esta tendencia se ha vuelto especialmente marcada, afectando tanto a adultos como a adolescentes.
Además, la popularidad de ciertas dietas restrictivas ha influido en el aumento de casos. Personas que eliminan por completo alimentos de origen animal sin una planificación adecuada pueden tener dificultades para alcanzar niveles suficientes de hierro biodisponible. Si no se compensan estas limitaciones con estrategias dietéticas, la deficiencia aparece con facilidad.
Dificultades para el diagnóstico oportuno
Aunque la deficiencia de hierro es muy frecuente, no siempre se diagnostica de manera temprana. Parte del problema es que los síntomas iniciales suelen ser difusos: cansancio, palidez, dificultad para concentrarse o cambios en el estado de ánimo. Estos signos pueden confundirse con estrés, falta de sueño o problemas emocionales.
Incluso cuando se realizan análisis de sangre, no siempre se evalúan marcadores que permitan detectar la deficiencia antes de que se convierta en anemia. Muchas veces se revisa únicamente la hemoglobina, que puede mantenerse en rangos normales durante las primeras etapas de la deficiencia. Esto retrasa la intervención y permite que el problema avance.
Otro reto importante es el acceso limitado a controles médicos en algunas regiones. En comunidades con escasos recursos o en zonas rurales, la detección temprana suele ser poco frecuente, lo que hace que la deficiencia se identifique cuando ya es más severa.
Avances en estrategias preventivas
Para reducir la prevalencia global de la deficiencia de hierro, se han implementado estrategias de fortificación de alimentos. La fortificación de harinas, cereales y fórmulas infantiles ha demostrado ser una herramienta efectiva para mejorar el aporte poblacional. Sin embargo, el impacto varía según el tipo de compuesto de hierro utilizado y el acceso real a estos alimentos.
Los programas de suplementación también son fundamentales, especialmente en embarazadas, niños pequeños y adolescentes. Cuando se aplican de manera sistemática, pueden disminuir de forma significativa los casos de anemia ferropénica. No obstante, la adherencia es un desafío constante; por ello, se han propuesto nuevas formulaciones mejor toleradas.
La educación nutricional es otro pilar. Conocer cómo combinar alimentos para mejorar la absorción, cómo identificar signos tempranos y qué hábitos pueden perjudicar los niveles de hierro permite que las personas tomen decisiones informadas. En muchos casos, pequeños cambios en la alimentación diaria pueden marcar una diferencia notable.
Un problema frecuente, pero con soluciones claras
La frecuencia de la deficiencia de hierro a nivel mundial demuestra que no se trata de un problema aislado ni exclusivo de ciertos grupos. Afecta a personas de todas las edades y condiciones socioeconómicas, y su impacto es mayor cuando coincide con etapas de alta demanda fisiológica o con enfermedades que interfieren con la absorción y el uso del mineral.
A pesar de su magnitud, es una condición que puede prevenirse y tratarse con estrategias relativamente sencillas. Mejorar la calidad de la alimentación, fomentar la educación nutricional, fortalecer los programas de suplementación y abordar las causas médicas subyacentes son pasos esenciales para reducir su prevalencia.
Comprender qué tan frecuente es la deficiencia de hierro permite visibilizarla y reconocer la importancia de atenderla a tiempo. Con información adecuada y programas bien implementados, es posible disminuir su impacto y promover un mejor bienestar en todas las etapas de la vida.
Fuentes:
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